Administradora de empresas con maestrías en EE. UU. y Madrid, cree en la formación como herramienta de vida. La música y los rituales diarios con Rodrigo Paz son los pilares de sus 26 años de matrimonio.
05/03/2026 21:06
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Hablar de Bibi Urquidi, la primera dama de Bolivia, es hablar de familia, constancia y valores aprendidos desde casa. Es la segunda de cuatro hermanas, creció en Bolivia bajo una crianza que combinó raíces diversas: un padre cochabambino, oriundo del valle de Parotani, y una madre cruceña. Su infancia y formación transcurrieron en La Paz, ciudad que marcó su carácter y su forma de ver el país.
Su camino académico estuvo guiado por la disciplina. Estudió Administración de Empresas y complementó su formación con dos maestrías, una en Estados Unidos y otra en Madrid, convencida de que la preparación es una herramienta clave para enfrentar los desafíos de la vida. Ese mismo principio es el que luego trasladó a su familia y, especialmente, a sus hijos.
El deporte ocupa un lugar central en su historia personal. Fue una herencia directa de su padre, a quien recuerda como un hombre deportista, trabajador y humilde. Valores que, asegura, transmite a sus hijos.
Su hijo Paulino encarna ese legado, a los 15 años dejó su entorno para jugar en Bolívar, asumiendo sacrificios que pocos adolescentes están dispuestos a enfrentar. Mientras sus amigos seguían otro ritmo de vida, él optó por la disciplina. Llegó a jugar a nivel profesional y más tarde fue becado al cien por ciento por la universidad número uno en fútbol de Estados Unidos, donde hoy estudia Administración de Empresas.
Para Bibi, ese logro no es solo deportivo, sino profundamente simbólico: el reflejo de que el esfuerzo rinde frutos.
Más allá del deporte, su vida cotidiana se mueve entre el arte, la música y la familia. En su hogar, la música es una constante: suena todo el día, sin distinción de géneros, desde lo clásico hasta lo contemporáneo.
Relata que la música es un gusto compartido con su esposo, el presidente de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira, con quien mantiene una relación construida sobre pequeños rituales que considera esenciales. Reservar un momento diario para estar juntos, almorzar en familia cuando la agenda lo permite, conversar y despedirse cada noche forman parte de lo que ella llama un espacio “sagrado”.
“Siempre encontramos un momento, cuando Rodrigo era alcalde en Tarija, él siempre volvía a almorzar a la casa, tenemos que encontrar un momento para que estemos juntos, un momento para hablar, un momento para compartir y después ya cada uno vaya a lo suyo, pero hay un espacio sagrado en el día, siempre para la familia”, señala Bibi.
La historia de la pareja se remonta a la década de los 90. Se conocieron en la universidad, entre amigos en común, y comenzaron a salir en 1994, el año del Mundial. Entre anécdotas, encuentros y separaciones marcadas por los estudios y los viajes, la relación fue creciendo hasta consolidarse. Hoy, después de 26 años de matrimonio, ambos coinciden en que el secreto está en construir día a día, sin dar nada por sentado.
Ese mismo principio rige su visión de vida. Para Bibi Urquidi, Dios, familia y patria no son solo palabras, sino una guía cotidiana. La certeza de que el mañana no está garantizado la impulsa a valorar el presente y a sostener los vínculos cercanos.
Mantiene contacto diario con sus hermanas, una costumbre inculcada por sus padres, y celebra que ese lazo se haya extendido con sus hijos, que hoy convive como un solo núcleo.
Desde ese lugar íntimo y cotidiano, la primera dama de Bolivia construye su identidad pública. Lejos del protocolo rígido, su historia personal revela a una mujer que entiende el rol institucional como una extensión de los valores aprendidos en casa: cercanía, disciplina y compromiso con el día a día.
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