Cada mayo, miles de devotos llegan a Santa Vera Cruz Tatala con un mismo anhelo: vida nueva. Entre rituales, tradiciones y esperanza, la fe se convierte en pedido y agradecimiento.
04/05/2026 10:46
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En el corazón del valle alto cochabambino, la fe toma forma en una de las celebraciones más profundas y simbólicas del país: la festividad de Santa Vera Cruz Tatala, conocida como la gran fiesta de la fertilidad.
Allí, entre coplas, velas y rituales ancestrales, los feligreses llegan con pedidos que nacen desde lo más íntimo: tener hijos, fortalecer sus cosechas o multiplicar su ganado.
El protagonista es el “Tatala”, como llaman con cariño al Cristo de Santa Vera Cruz. A sus pies, parejas depositan muñecos que representan el deseo de una “wawita”. Otros, en cambio, regresan al año siguiente para devolverlos, agradeciendo el milagro recibido.
La escena es tan simbólica como conmovedora.
Pero la fertilidad no solo se pide para la familia. También se extiende a la tierra y a los animales. Una de las prácticas más llamativas es llevar bosta de ganado al canchón del templo para luego esparcirla en los corrales, con la esperanza de que la producción crezca.
Esta celebración es un claro ejemplo de sincretismo: la fe católica se entrelaza con tradiciones andinas vinculadas a la Pachamama, dando vida a una manifestación cultural única.
El párroco Justino Mamani explica que la festividad refleja la identidad del valle alto, donde la devoción se expresa con coplas, ofrendas y lo mejor de la producción agrícola y ganadera.
“Hay parejas que no pueden tener wawitas, vienen a pedir al Señor de Santa Vera Cruz”, señala.
La agenda festiva se extiende por varias semanas. Las actividades comenzaron el 19 de abril con un trueque comunitario y continuaron con misas, bendiciones, peregrinaciones y festivales de coplas.
El momento central llega el 2 de mayo, cuando la imagen del Cristo sale del templo hacia el canchón, y el 3 de mayo, con la misa principal. La celebración culmina el 4 de mayo con el retorno de la imagen, aunque las actividades se prolongan hasta el 17 con el intercambio de semillas.
Cada año, miles de peregrinos llegan hasta la parroquia ubicada en el kilómetro 7 de la avenida Petrolera, reafirmando una tradición que trasciende generaciones.
Más que una fiesta, es un encuentro entre fe, cultura y esperanza. Un lugar donde lo imposible se pide… y donde muchos creen que también se cumple.
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