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“Mi hijo debía enterrarme a mí”: el desgarrador testimonio tras la tragedia del Hércules

Tenía 31 años, estudiaba su segunda carrera y soñaba con graduarse en junio. Tras el accidente del avión militar en El Alto, su nombre no apareció en la lista de fallecidos porque no llevaba documentos.

03/03/2026 10:29

La dolorosa historia de Yhassir tras la caída del Hércules en El Alto. Imagen RR.SS.
La Paz, Bolivia

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La tarde del viernes 27 de febrero, el Lockheed C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Boliviana se salió de la pista del Aeropuerto Internacional de El Alto y terminó sobre la avenida Costanera. El estruendo dejó víctimas fatales, decenas de heridos y escenas de caos que aún duelen.

Entre quienes perdieron la vida estaba Yhassir Valdez Vilaseca, de 31 años. Esa noche caminaba rumbo al Instituto Técnico Comercial Superior de la Nación (Incos), donde cursaba su segunda carrera. Estaba en plena tesis y planeaba graduarse en junio. Tenía proyectos, planes y el orgullo intacto de sus padres. Pero su nombre no figuró en la lista inicial de fallecidos.

Cuando lo encontraron, no tenía documentos. Su billetera había desaparecido. En medio del desorden posterior al siniestro, varias pertenencias fueron sustraídas, y eso impidió que fuera identificado de inmediato. Sus padres lo buscaron durante horas, recorriendo hospitales, preguntando en pasillos, revisando listas.

“Salió como siempre”, recuerda su madre, Teresa Vilasec. Cada noche cruzaba el puente Bolivia camino a clases. Esa rutina sencilla se quebró en segundos.

Pasadas las 22.00 comenzaron a llamarlo. Era la hora en que debía salir del instituto. Una voz desconocida contestó su teléfono y les dijo que el aparato estaba en el Hospital del Norte. La esperanza se mezcló con miedo.

En el hospital no aparecía en la lista de heridos. El celular sí estaba. Él no.

La búsqueda terminó en la morgue del mismo centro médico. Allí lo encontraron. Sin documentos. Sin mochila. Sin la posibilidad de haber sido reconocido a tiempo.

Su padre, Víctor Valdez, resume el dolor en palabras que pesan: “La familia estaba muy orgullosa. Nos quitaron todo”. Y luego agrega, quebrado: “No saben lo que cuesta enterrar a un hijo. Por naturaleza debería ser el hijo quien entierre a sus padres”.

El domingo fue velado en Miraflores, entre flores y abrazos que no alcanzaban a llenar el vacío. Teresa recordó que durante la pandemia compró un espacio en el Cementerio Kantutani para no dejar esa carga a sus hijos.

“Mi hijo era el que me tenía que enterrar a mí. Nunca imaginé que ese lugar sería para él”, dijo, con la voz rota.

La tragedia no solo dejó cifras. Dejó historias. La de Yhassir es la de un joven que iba a clases, que soñaba con graduarse y que, en medio del caos, perdió hasta su nombre por unas horas.

CON INFORMACIÓN DE ABI.

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