En medio de una crisis donde acceder a una vivienda parece imposible, Gonzalo “Chalo” Parma decidió romper todas las reglas: construyó su propia casa de 110 metros cuadrados con barro, paja y menos de $250.000.
26/04/2026 10:23
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En la Argentina actual, donde el acceso a la vivienda propia se volvió una meta cada vez más lejana, la historia de Gonzalo “Chalo” Parma aparece como una excepción que desafía todo lo establecido.
Con recursos mínimos y sin experiencia previa, construyó una casa de 110 metros cuadrados utilizando barro, paja y técnicas naturales. El costo total de las paredes no superó los $250.000.
“No tenía un peso”, resume sin vueltas. Y ese límite económico fue, justamente, el punto de partida.
La vivienda está ubicada en La Plata y fue construida bajo el sistema de quincha, una técnica ancestral que combina madera, tierra y fibras vegetales. A simple vista, podría confundirse con una casa tradicional: paredes prolijas, ambientes definidos y terminaciones cuidadas. Pero su esencia es otra.
El inicio de todo fue casi accidental. En 2010, Chalo vio una película donde el profesor Jorge Belanko explicaba técnicas de construcción natural. “Me explotó la cabeza”, recuerda. Desde ese momento, la idea quedó dando vueltas hasta que pudo concretarla.
Primero experimentó en la costa, en un terreno familiar. Luego, ya en La Plata, avanzó con su proyecto definitivo junto a su hermano. Compraron un lote y comenzaron desde cero.
La construcción no fue rápida ni lineal. En apenas ocho meses ya tenía lo básico para mudarse. Al año, había terminado el baño. Y con el tiempo fue ampliando y mejorando cada espacio.
“Se puede empezar de a poco”, explica. “El barro te da esa posibilidad: construir por etapas, sin depender de tener todo el dinero desde el inicio”.
El ahorro es una de las claves del sistema. Mientras una construcción tradicional requiere millones de pesos, en este caso el costo principal —las paredes— se redujo drásticamente.
“Con unos $100 mil en paja y $150 mil en tierra levanté todo”, afirma. Aunque aclara que hay gastos inevitables como instalaciones eléctricas, cañerías y aberturas, el impacto económico es completamente distinto al de la construcción convencional.
Más allá del costo, Chalo destaca otro punto clave: la accesibilidad. No hacía falta ser profesional ni tener experiencia previa. “Nunca había levantado una pared”, dice. Aprendió sobre la marcha, guiado por la práctica y el error.
Esa lógica abre una puerta para muchas personas que quedan fuera del sistema tradicional de vivienda: quienes no acceden a créditos, no pueden ahorrar o no logran pagar un alquiler estable.
Pero no todo es economía. También hay ventajas en el confort. Las casas de barro mantienen mejor la temperatura: frescas en verano y cálidas en invierno.
“Con una salamandra en invierno estás bien. En verano, un ventilador alcanza”, explica.
A pesar de los prejuicios, Chalo desmiente varias ideas sobre este tipo de construcción. El barro no “se lava con la lluvia” si está bien terminado, asegura. Tampoco es cierto que se llene de insectos: eso ocurre solo cuando las obras quedan inconclusas.
Su casa, de unos 110 m², incluye cocina, baño, habitaciones y un espacio social donde incluso construyó un horno de barro hecho con materiales reciclados.
Hoy, después de vivir el proceso completo, no tiene dudas: “No volvería a vivir en una casa de ladrillo”.
Su historia no solo habla de una vivienda. Habla de una forma distinta de pensar el acceso al hogar en un país donde cada vez más personas quedan afuera del sistema tradicional.
“Si esperás tener toda la plata, no empezás nunca”, dice. Y deja una frase que resume su filosofía de vida: “Tenés dos manos”.
CON INFORMACIÓN DE TN.
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