Estudios científicos recientes revelan que la familiaridad con el animal puede jugar en contra a la hora de identificar malestares físicos. Gestos sutiles como bostezos o parpadeos frecuentes son a menudo ignorados.
23/04/2026 13:16
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Existe una creencia profundamente arraigada entre los propietarios de canes: el vínculo afectivo les otorga una especie de "instinto" infalible para saber cuándo su mascota sufre. Sin embargo, la ciencia acaba de poner en duda esta seguridad. Según una investigación difundida por Popular Science y basada en un estudio de la revista PLOS ONE, la mayoría de las personas sobreestima su capacidad para reconocer el dolor en los perros, pasando por alto señales críticas que no son tan obvias como un aullido o una cojera.
El mito de la percepción instintiva
El estudio, que contó con la participación de más de 600 voluntarios, analizó cómo dueños y personas sin mascotas interpretan diversos comportamientos caninos. Los resultados fueron sorprendentes: la rutina y la convivencia diaria no garantizan una mejor detección. De hecho, el análisis mostró que quienes no tienen perros fueron más propensos a identificar comportamientos de dolor —como quedarse inmóvil o girar el cuerpo— en comparación con los dueños, quienes parecen haberse "acostumbrado" a ciertas conductas de sus animales, según publica el portal Infobae.
"Los perros no siempre expresan dolor de forma evidente. Cambios leves como bostezos, lamidos y gestos faciales pueden señalar incomodidad, aunque fácilmente se confundan con comportamientos normales", destaca el informe.
Más allá de los aullidos: Las señales sutiles
Si bien es fácil notar cuando un perro levanta una pata o deja de jugar, el dolor crónico o el malestar interno suelen manifestarse de formas casi imperceptibles. Los expertos advierten que los perros, por instinto de supervivencia, tienden a ocultar su vulnerabilidad.
Entre los indicadores que suelen pasar desapercibidos se encuentran:
Micro-gestos faciales: Desviar la mirada, parpadear con mayor frecuencia o cambios en la posición de las orejas.
Conductas de confort: Bostezar, lamerse los labios o la nariz de forma repetitiva.
Alteraciones del sueño: Inquietud nocturna o un aumento inusual en la necesidad de seguir a los dueños por toda la casa.
Hipersensibilidad: Reacciones exageradas a ruidos fuertes o sobresaltos ante estímulos que antes eran ignorados.
La importancia del diagnóstico temprano
La brecha en el conocimiento sobre el bienestar animal puede tener consecuencias graves. Un dolor no diagnosticado puede alterar permanentemente la personalidad del perro e incluso derivar en conductas agresivas o mordeduras defensivas.
La recomendación de los especialistas es clara: ante cualquier cambio repentino en la movilidad, la calidad del pelaje o el rechazo al contacto físico, es vital acudir a una consulta profesional. La observación atenta es una herramienta poderosa, pero la intervención de un veterinario es la única forma de garantizar que el "sufrimiento silencioso" no deteriore la calidad de vida de nuestros compañeros más leales.
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